CASIMIRO JESÚS BARBADO LÓPEZ

 

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MANDA LA RELIGIÓN 

 

En muchas ocasiones recurrimos al principio de acción y reacción para explicar determinados comportamientos o situaciones de la vida cotidiana. Por ejemplo, las relaciones entre padres e hijos o  la política,  donde se producen  posicionamientos progresivamente más distanciados a partir de actitudes inicialmente enfrentadas. Incluso sucede en el deporte rey, materializándose en forma de paradigma deportivo: el contraataque.

Este mismo principio explica lo que está sucediendo en materia de enseñanza religiosa en España: Una fuerza de acción en un sentido dispara otra fuerza de reacción en sentido contrario y aleja el péndulo de una posición, supuestamente central, en la que los eclécticos creen encontrar la verdad o el camino. No es mi caso.

 Somos muchos los que de una forma reiterada hemos levantado nuestra voz en contra de la presencia de la Religión en la escuela sostenida con fondos públicos, por varias razones: su dudosa constitucionalidad, ya que obliga a hacer público lo que es privado e íntimo; su potencial segregador y promotor de marginación, agravado por la incorporación a la escuela pública de niños y niñas inmigrantes. Finalmente,  porque ingentes cantidades de dinero público se invierten en adoctrinamiento en favor de una  confesión religiosa mayoritaria, que de esta forma, sigue manteniendo sus privilegios, en un Estado aconfesional, bajo el pretexto de que los padres tenemos derecho a elegir la educación religiosa y moral de nuestros hijos; mientras que, paradójicamente,  ateos, judíos o adventistas de séptimo cielo tienen que ingeniárselas para  tratar de hacer lo mismo con sus vástagos, sin que ese mismo Estado les ampare en este derecho.

Como respuesta a este movimiento contrario a la enseñanza de la Religión en la escuela pública, liderado por partidos políticos de izquierda, sindicatos de enseñanza progresistas, colectivos laicos y algunas asociaciones de madres y padres, nuestro gobierno central cierra sus filas conservadoras y da varias vueltas  de tuerca en sentido contrario: No querías arroz, pues toma tres tazas.

El nuevo planteamiento desborda la situación actual heredada de la LOGSE,  con un área de Religión  evaluable, pero sin valor académico, y su alternativa, que ni siquiera aparece en el libro de calificaciones. Pero este artificio pseudoprogresista, obra de un PSOE en el poder (¡qué oportunidad perdida!) no satisfacía a la Iglesia Católica, que veía como su asignatura iba perdiendo el rango ganado en otro tiempo, a la sombra de un régimen agotado políticamente.

Y se promulga la contestada Ley Orgánica de Calidad de la Educación (LOCE) estableciendo una nueva asignatura denominada Sociedad, Cultura y Religión con dos opciones: una confesional, diseñada por la autoridad religiosa (léase Conferencia Episcopal Española) e impartido por catequistas; la otra, no confesional, con una programación elaborada por la Administración Educativa e impartida por profesorado de Ciencias Sociales o Filosofía en los centros de Secundaria. Todos en la nómina de la Consejería de Educación correspondiente.

Ambos enfoques son excluyentes y, si tenemos en cuenta que la misma LOCE considera básico el conocimiento del hecho religioso desde una perspectiva amplia, en la que las manifestaciones culturales e históricas, impregnadas muchas veces de mitos y creencias, jueguen un papel fundamental bajo el prisma de la opción no confesional (esperemos que así sea); los discípulos de la enseñanza estrictamente religiosa recibirán una formación  parcial en este campo del conocimiento, ajenos a buena parte del acervo cultural de la humanidad. De esta forma, ambos enfoques, tan diferentes en cuanto a forma y contenidos, solo servirán para alejar aún más las posturas vitales de nuestro alumnado.

Por otra parte, los decretos que desarrollarán esta ley contemplan, provisionalmente, 210 horas de esta nueva asignatura en toda la ESO, en detrimento de otras áreas. Y es aquí, en el horario de las diversas asignaturas, donde se aprieta la reaccionaria tuerca que conduce hacia una educación sesgada, en la que la moral religiosa mayoritaria se impone a una ética conciliadora, universal y laica, basada en unos valores compartidos por todos. Serán 210 horas de doctrina religiosa o su alternativa, frente a las 185 horas de Ciencias Naturales (Física y Química más Biología y Geología) las que recibirá un alumno/a que termine sus estudios de ESO siguiendo el Itinerario Tecnológico.

Aunque solo se trate de números, la distribución horaria anterior nos conduce a una asignatura confesional o, en su defecto, una cultura sobre el fenómeno religioso, con un peso mayor, en la formación básica de los ciudadanos, que el conocimiento del funcionamiento de nuestro cuerpo o de la naturaleza, incluyendo sus implicaciones respecto a la salud y el medio ambiente, las leyes que rigen el movimiento, las interacciones entre la materia o las relaciones entre los seres vivos, por explicitar algunos de los elementos curriculares del área de Ciencias. Esto quiere decir, que el catecismo, tal vez en su versión más moderna y adaptada a los nuevos tiempos, superará al conjunto de conceptos, procedimientos y actitudes que configuran el currículo básico de Ciencias Naturales, y que el tratamiento de lo  trascendente, basado en la fe y en las convicciones religiosas, se sitúa en un plano superior al conocimiento basado en la razón y en la experimentación. Es un viaje en el tiempo a la oscuridad de la Edad Media, en pleno siglo XXI. Como un agujero negro al que nos acercamos en un proceso continuo de analfabetización científica imparable.

Pero la amenaza se cierne más allá, y esos u otros decretos nos hablan de la evaluación de esta nueva asignatura y su equiparación al resto de las disciplinas. Para ello, tendrá el mismo peso que las demás asignaturas en la promoción de curso, en la  titulación o en la media académica. Lo que traducido al cristiano, y nunca mejor dicho, es que un alumno/a con las asignaturas de Lengua, Francés y Religión pendientes no pasará de curso.

Se obvia que la Religión, por la naturaleza de sus contenidos, es decir, por las creencias en las que se sustenta, no se ajusta a la objetividad de las demás materias y, por esta razón, su evaluación carece de todo fundamento.

Además, la existencia de dos opciones diferentes implicará dos sistemas de evaluación paralelos, en un mismo nivel académico: Una evaluación realizada por profesorado ajeno al sistema educativo, a partir de una programación impuesta por la jerarquía eclesiástica, con criterios dudosamente objetivos y otra forma de evaluación, en la versión no confesional, realizada por el profesorado del centro,  a partir de una programación oficial elaborada por la Administración Educativa y con criterios semejantes a los de otras áreas del currículo. A partir de esta doble fórmula, solo hay un pequeño paso hasta  la arbitrariedad,  la injusticia o la discriminación.

Y para completar el cúmulo de despropósitos, aparece en escena la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía,  la cual,  estableciendo unos  planteamientos puramente economicistas, impone a los centros, como primer criterio para la elaboración de grupos, la elección de la Religión, es decir: los grupos deben ser homogéneos en cuanto a la enseñanza religiosa; navegando en contra de la heterogeneidad que enriquece el contexto escolar y las relaciones entre sus miembros.

Es posible que algún día terminemos clasificando de esta guisa al alumnado. Y así, por ejemplo, un  2º de la ESO de cualquier instituto podría tener los siguientes grupos: 2º A, católicos; 2º B, protestantes diversos; 2º C, musulmanes; 2º D, ateos, agnósticos y demás fauna (con perdón) dispersa.

Mientras tanto: Aquí manda la Religión, de nuevo.