CASIMIRO JESÚS BARBADO LÓPEZ

 

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CIENCIA Y ATEÍSMO (II)

 

Cuando hablamos de dios, hablamos de Dios. Dios como la última causa. Un Dios creador y personal al que se le reza, que nos escucha (o no), que puede intervenir en los asuntos humanos, que lo sabe todo, etc. El Dios de los monoteísmos. No hablo del dios de las montañas, ni de las tormentas, ni del agua.

 

La Ciencia es atea (la RAE define ateo con claridad: el que niega la existencia de Dios). Tú misma lo reconoces: Y para ser ateo, tendría que estar prohibida la presencia de dios y estar presente la negación de dios. ¡Pues por eso es atea! No porque lo niegue explícitamente, sino porque no lo presupone. No es un axioma al que se acude para tratar de explicar el universo y sus leyes. Además, su presencia está prohibida y su negación está presente. Si estuviese permitida, renunciaríamos a seguir buscando la verdad. No hubiese habido teorías sobre agujeros negros, evolución, etc. No habría neurobiología, etc. Ya habríamos encontrado respuestas a los grandes interrogantes: sería Dios y lo que se deriva de la presunción de su existencia en función de cada una de las religiones que lo adoran: una moral represora y el miedo al castigo eterno, por ejemplo. O la dicha de mucha gente que es feliz asumiendo que su tránsito por esta vida es como un valle de lágrimas antes de alcanzar la unión con Él. 

 

La biología, la química, la física, la geología parten de un principio: todo lo que existe puede explicarse en términos de tiempo, materia y energía. Si dios es la materia y la energía del universo, vale. Así estaría en el carbón y en las bacterias del intestino. Pero pocos templos se llenarían con estas ideas y pocos iluminados vivirían de este cuento (bueno, algunas iglesias tienen radiadores eléctricos para hacer más llevadera la oración durante el crudo invierno). Por eso pienso que los panteístas también son ateos. Decir que dios está en todo o que es todo es lo mismo que no decir nada.

 

Es cierto que incluso en nuestros días la Ciencia presenta muchas  lagunas y mares y océanos. Pero desde luego no se rellenan apelando a dios. Dios está prohibido. Por eso insisto en que es atea. Llámale atea implícita. Algunos/as iríamos más allá y diríamos que debería serlo explícitamente. E incluso ser beligerantes (en términos poéticos y metafóricos) con las creencias infundadas (nunca con los creyentes, pues comparto contigo el respeto hacia todas las personas, con independencia de su credo). Algo así como: Manual de Biología. Capítulo I: Dios no existe. Tampoco existe el alma. Si crees que sí, cierra el libro, porque corres el riesgo de perder la fe. O como la invitación de Leo Bassi a los creyentes para salir de su espectáculo “La revelación” antes de comenzar, con el riesgo de que su permanencia podría debilitar sus creencias.
 

Los científicos también son ateos, en su mayoría. Los numbers one más todavía, según recientes estudios. Einstein lo era. Tuvo sus encontronazos con rabinos de su tiempo. Su dios era como el de Hawking, retórico: La última causa, las leyes de la naturaleza, la energía, etc. Es muy frecuente que los grandes genios apelen a la palabra dios (Dios) para entenderse con la gente, para evitar así la oscuridad de los términos cosmológicos o de la mecánica cuántica. Y así, no jugar a los dados significa que no hay azar. Otro ejemplo:  las  opciones de creación divinas no serían más que diversas posibilidades en cuanto al origen y evolución del universo.

 

Para terminar, dos perlas del primero:

 

“Por supuesto que es mentira todo lo que ustedes han leído sobre mis convicciones religiosas (…) No creo en un Dios personal y no lo he negado nunca, sino que lo he expresado muy claramente. Si hay algo en mí que pueda llamarse religioso es la ilimitada admiración por la estructura del mundo, hasta donde la ciencia puede revelarla”.

 

“La idea de un Dios personal es bastante extraña para mí, e incluso me parece infantil.”  (Dawkins, El espejismo de Dios,  capítulo I).

 

Casimiro Jesús Barbado López
Mayo de 2007